La Nación: El médico que asombró al mundo con los relatos de las personas en trance de muerte ahora suma razones para creer en el más allá
04/01/2026
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Un paso más allá el celebérrimo Raymond Moody, siempre desafiando los límites de la ciencia. Médico y profesor de filosofía, fue él quien acuñó la sigla ECM (experiencia cercana a la muerte) y dejó al mundo boquiabierto con el libro Vida Después de la Vida.
Hoy vuelve al ruedo con el libro La Prueba. Experiencias sobrenaturales de las que han sido testigos familiares y amigos de personas en trance de muerte, a las que denomina: Experiencias de muerte compartida (EMC). Una obra impactante.
PALMA DE MALLORCA. Después de las ECM, las EMC. En buen romance: a las experiencias cercanas a la muerte le siguen ahora las experiencias de muerte compartida. De eso va La prueba de la Vida después de la Vida. 7 razones para creer en el más allá (Arkano Books), el impactante último libro de Raymond Moody (Georgia, 1944), médico, psiquiatra y también profesor de Filosofía que cambió por completo la forma de ver la vida y la muerte con Vida después de la Vida. Aquella obra pionera publicada hace cincuenta años lleva vendidos más de 13 millones de ejemplares, consagrando a su autor palabra santa en un tema que no deja a nadie indiferente. Qué pasa cuando morimos.Empeñado desde entonces en desafiar los límites de la ciencia desde adentro, Moody lleva mucho escrito sobre el misterio de la muerte y la conciencia. Pero la particularidad de su último trabajo, que firma junto a Paul Perry, otro experto autor de varios libros sobre el tema, es que rescata una cantidad de testimonios originariamente archivados por él, ocupado como estaba investigando los miles de casos de experiencias paranormales vividas en el transcurso de un paro cardíaco. Ya se sabe: el famoso túnel, la luz brillante, salirse del propio cuerpo, etc. En Argentina, recordemos al muy buen compañero de redacción Víctor Sueiro. Los nuevos relatos exhumados refieren experiencias de médicos, enfermeras, amigos y familiares, e incluso del propio Raymond Moody y sus hermanos: estos testigos afirman haber presenciado extraños fenómenos mientras acompañaban los últimos minutos de vida de sus seres queridos. Este es el core del libro. A diferencia de las ECM, que es la narración de una sola persona sobre la experiencia, en los casos incluidos en La prueba… son dos o más los testigos de estos extraños fenómenos. Moody admite desde el principio que las ECM son algo subjetivo que le ocurre a una persona y que no puede ser vivido por nadie más que ella y que, por lo tanto, no proporciona pruebas más allá de una duda razonable. “Sin embargo, las experiencias de muerte compartida (EMC) sí aportan certezas que van más allá de la duda razonable de que el alma sobrevive a la muerte del cuerpo. Son, por definición, experiencias en las que una o más personas comparten la transición de un moribundo”, agrega.Por supuesto que no se trata de un tema fácil de digerir. Sigue perseguido por innumerables detractores, aunque Raymond Moody recuerda que fueron sus propios colegas y profesores quienes más apoyo le ofrecieron años ha. Es falso lo que siempre se rumoreó, sostiene, en el sentido de que había sido relegado por haber escrito un libro (La vida después…) tan “raro”. Más aún: fueron profesionales de la salud también quienes le acercaron valiosa información testimonial vertida por acompañantes de los moribundos. “Algunas de esas personas -cuenta en el último libro- informaron por ejemplo que habían visto aparecer familiares difuntos junto al lecho de muerte para ayudar al que estaba muriendo a completar su proceso. Otros referían haber escuchado una música etérea cuando fallecían sus parientes o amigos. En general, esto ocurría cuando había más de un acompañante e incluso una familia entera, y todos presenciaban el mismo fenómeno sobrenatural”.Los propios Moody pasaron por una vivencia cuando murió la matriarca del clan, madre de Raymond y de cinco hermanos más. Con 64 años y un linfoma no Hodgkin en estado avanzado, el médico dijo que no había nada que hacer y que el desenlace sería en cuestión de semanas. Todos los hermanos y sus familias se reunieron en Macon, Georgia, donde había vivido la madre y donde estaba internada, para pasar a su lado las últimas horas. Así lo hicieron y, en el que sería su último día de vida, ella despertó tras cuarenta y ocho horas en coma, se quitó la máscara de oxígeno y dijo: “Los quiero mucho a todos”. Cerró los ojos y murió pasados unos minutos.“Nos habíamos tomado todos de la mano alrededor de su cama esperando el final -dice el autor en el libro- En ese momento, repentinamente, la habitación cambió de forma. Para mí se convirtió en un reloj de arena. De los seis acompañantes presentes, cuatro sintieron como si se elevaban del suelo transportados por un ascensor de cristal. Yo sentí un fuerte tirón hacia arriba, algo que otros dos de los presentes también experimentaron. Mi hermana gritó ‘Miren, papá ha venido a buscar a mamá’. Y varios lo vimos. Y quiero decir que nos pareció tan sólido como si estuviera parado delante de nosotros en carne y hueso”. Algunos de los entrevistados del libro relatan que vieron una suerte de neblina con el último suspiro del moribundo; otros escucharon sonidos o una música muy especial, particularmente suave; incluso hay quienes hablan de un soplo o aire blanquecino que asciende desde el cuerpo de la persona hacia el techo. En otros casos, la habitación se ilumina con una luz claramente no artificial. Raymond Moody explica que estos fenómenos son tan viejos como el hombre y trae a colación uno en especial que ocurrió en el siglo XVII junto al lecho de muerte del escritor alemán Goethe (Johann Wolfgang). Cinco personas presentes dijeron haber oído una melodía esférica inexplicable en la casa y que no habían podido descubrir su origen.El autor también incluye en su libro una mezcla de ECM con EMC protagonizada por la enfermera que asistió a Carl Jung en 1944, cuando se infartó tras romperse un pié. Él quedó inconsciente y tuvo delirios y visiones. Dice Jung en su autobiografía que “era evidente que me estaba aproximando a la muerte”. Pero lo más curioso fue lo que su enfermera le dijo posteriormente: “Estaba usted rodeado de un brillante resplandor” La lucidez terminal (LT) que mostró la madre de Raymond Moody antes de morir es otro de los temas que interpela a la ciencia y merece un capítulo entero. El primero en definirla como tal fue el doctor Michael Nahm, hoy investigador en el Instituto para las Áreas Fronterizas de la Psicología y la Salud Mental de Friburgo, en Alemania, quien la calificó como un destello de vida inequívoco que se produce poco antes de la muerte, a veces aunque no se registre ninguna otra señal de vida, incluida la actividad cerebral. Refiere casos de Alzheimer que de golpe recuerdan los nombres de cada uno, exhaustos que caminan por la habitación conversando animadamente y hasta una alemana de 26 años que murió en 1922, Anna Katharina Ehmer, tras pasar toda su vida en una clìnica de enfermos mentales y con el cerebro seriamente dañado por una meningitis infantil. No había hablado jamás y ni se percataba de donde estaba. Sin embargo, el día de su muerte, el director de la institución, el doctor Friedrich Happich, la encontró en el cuarto no solo hablando sino cantando un himno muy conocido en el siglo XIX, El hogar del alma, que es justamente un canto de despedida. Happich escribió: “Cantó durante media hora canciones de muerte para sí misma. ‘¿Dónde encuentra el alma su hogar, su paz? Paz, paz, paz celestial’, entonaba. Su rostro, hasta entonces inexpresivo, se transfiguró y espiritualizó. A continuación murió serenamente”.Ante la repetición de estos episodios la ciencia ha dejado de lado el escepticismo y se ha puesto a investigar a fondo sus raíces, e incluso el Instituto Nacional del Envejecimiento de los Estados Unidos está financiando distintos estudios tratando de descubrirlas, con la esperanza de que las respuestas puedan acercar vías para tratar enfermedades neurológicas como el Alzheimer y la demencia. Hace pocos días el diario La Vanguardia entrevistó a Alexander Batthyány (Budapest, 1953), neurocientìfico, psicólogo y catedrático de psicología que dirige el Instituto Viktor Frankl de Viena y que, además, investiga con la Clínica Mayo el fenómeno de la lucidez terminal. Casos de personas con demencias severas y muy avanzadas, con lesiones cerebrales irreversibles, que poco antes de morir recuperan la memoria, la lucidez y la energía. “Es algo no generalizado, aunque hemos recopilado casos de distintos países del mundo. Ocurre entre el 6 al 10 por ciento de los pacientes. Es una gran paradoja. La neurociencia dice que la mente depende del cerebro, pero en la lucidez terminal eso no encaja. No hay regeneración neuronal, no hay milagro biológico. Y sin embargo, la persona vuelve. No es algo trivial. Ahora lo veo con claridad aunque antes dudaba. Hay una parte de la conciencia que no desaparece, solo se esconde. La lucidez terminal es un fenómeno inexplicable pero real”, declara en la entrevista.Luego de relatar una buena suma de testimonios, Raymond Moody concluye en que una EMC puede ser tan transformadora como una ECM, con cambios que van desde aumento de la percepción, nueva e inesperada comprensión del mundo, habilidades sorpresivas y aptitud para vivir el aquí y el ahora hasta curaciones espontáneas, sin hablar de las convicciones espirituales que suelen sobrevenir junto a la pérdida del miedo a la muerte.Si todo esto despierta tanta curiosidad como inquietud su experiencia de treinta años aplicando el psicomanteo como terapia para mitigar el duelo, tema sobre el que ha publicado varios artículos en el Journal of Near-Death Studies. El psicomanteo es una antigua técnica para comunicarse con los muertos a través de reflejos de agua o espejos que los griegos practicaban en la antigüedad en laberintos subterráneos. Se llamaban oráculos de los muertos. Este ejercicio se extendió por siglos. Muy difundido en Gran Bretaña y Estados Unidos en el siglo XIX a través de las investigaciones de la Sociedad para la Investigación Psíquica, fue práctica frecuente de Marie Curie y su marido, Pierre, de los escritores Victor Hugo y Mark Twain y de la Reina Victoria de Inglaterra. Siguió vigente hasta terminada la Primera Gran Guerra, cuando se lo conocía con el nombre de espiritismo. Luego perdió fuerza. Tras abrevar en las investigaciones del profesor Arthur Hastings, (director del William James Center for Consciousness de Palo Alto), y de recopilar una sólida información contemporánea y también de los tiempos pasados, (principalmente en la Antigua Grecia), Raymond Moody decidió crear su propia versión del psicomanteo en la década del ‘90.Para ello acondicionó un espacio en su búnker de Creekside, en Alabama, que describe así: “Una habitación oscura levemente iluminada, una silla cómoda, y un espejo muy pulido colgado a una altura suficiente para que uno no se viera a sí mismo al sentarse frente a él”. El paso siguiente fue conseguir diez voluntarios que pasaron por todo el proceso previo diseñado por Moody antes de someterse a la práctica. Charlas, ejercicios de relajación, razones por las cuales el sujeto quiere conectar con el difunto, características de éste y del vínculo mantenido, etc. Ya en la habitación del psicomanteo, en penumbras, se comienza a mirar fijamente hacia una profundidad transparente y reflectante, como un agua quieta, un cristal o un espejo, con la expectativa de que el difunto aparezca en el espejo. El resultado fue que de los diez, cinco tuvieron apariciones muy fuertes de familiares difuntos, y dijeron que de verdad creían que habían visto a sus seres queridos y se habían comunicado con ellos. Animado por estos impactantes resultados, continuó con estas prácticas y fue tanta la cantidad de gente que lo llamaba para pasar por ellas que un día se sintió abrumado, no solo por las asistencias sino por la trascendencia nacional en medios de comunicación. Joan Rivers, la comediante, lo llamó para ir a verlo y comprobar -entre risas y bromas- si iba en serio. Pero cuando salió su expresión había cambiado totalmente: se le había aparecido su marido Edgar, que se había suicidado. “Estaba convencida de que la charla había sido en vivo y que él le había confesado por qué había tomado la decisión que tomó. No me lo contó. Solo me dijo “Gracias, de verdad lo necesitaba”. También Oprah Winfrey mandó a dos de sus invitados que confesaron luego al aire haber hecho contacto con sus seres queridos, ante la alteración de la conductora. “Esto me plantea muchísimas preguntas”, le dijo ella a Moody en el plató. “A mí también”, respondió el médico, ante las risas de la audiencia. A la vez que sus pacientes y alumnos le relataban los contactos mantenidos de forma -según decían- tan vívida, a Moody lo atrapó su propia curiosidad. El también quería ver un ser querido, y eligió a su abuela Wattleton, su preferida. Tras muchas horas de preparación ella apareció en la sala de psicomanteo, pero fugazmente, lo que lo dejó muy frustrado. ¿Por qué todos sus alumnos lo lograron y él no?. Volvió a su casa y mientras leía en el living apareció su abuela, pero no la preferida sino la temida, la abuela Moody, de cuya severidad recordaba huir siendo niño. “Me alegré que hubiera aparecido porque le perdí el miedo, aunque no medió comunicación entre nosotros. Me di cuenta de que yo había sido un niño consentido”. A este tipo de apariciones, que ocurrían a posteriori de la sesión en la sala predispuesta las llamó “visiones para llevar” y advirtió que esto se repetía en un cuarto de sus pacientes que hacían la práctica. El Teatro de la Mente, como él lo llama, había superado en mucho su expectativa y la incesante carga de pacientes terminó por afectar su salud, concretamente un problema de tiroides. Fue por esa razón que decidió reducir su tarea a solo una docena de sesiones al año, aunque con delicadeza hacia sus lectores en las últimas cuatro páginas del libro los estimula a hacer la experiencia por sí mismos con un buen nivel de detalle.Hay que aclarar que Moody trata el tema con cuidado y respeto. “Jamás he dicho que estos sucesos sean “reales”. Sin embargo he reproducido lo dicho por quienes han tenido estas experiencias y que dicen que sus apariciones visionarias son realmente un ser querido que se ha mostrado para dar apoyo en el duelo”, escribe. ¿Es un producto de la mente lo que sale del espejo?, ¿un sueño vívido?, se pregunta. Responde que no lo sabe, aunque opina que la práctica está volviendo reconvertida en un método eficaz para tratar el duelo en la psicología transpersonal.Una vez más este médico que nunca olvida su paso por la filosofía empuja los límites de la ciencia con preguntas comprometidas y testimonios irreverentes. El más allá, lo que pasa después del último aliento, la supervivencia de la conciencia, siguen siendo la fuerza que lo enciende. Su obra interpela convicciones y multiplica las preguntas, pero brinda una mirada imprescindible en este tiempo, ya que nunca estos temas han formado parte de la conversación como ahora.En la reciente presentación de El último secreto en Praga, donde transcurre su última novela, el escritor Dan Brown (Exeter, 1964, autor de Angeles y Demonios y El Código Da Vinci) se refiere a estos temas, que siempre hacen acto de presencia en sus obras.“Perdí a mi madre a los siete años. Y como todo el mundo me preguntó qué pasa cuando morimos, una pregunta que nos une a todos, mi respuesta de entonces era que nada, que la vida se acababa y que quienes morían eran como ordenadores desenchufados. Después de investigar mucho sobre el tema, creo que la conciencia sobrevive al cuerpo, aunque mi escepticismo persiste”. Y va un paso más allá cuando dice que ciencia y religión son dos lenguajes diferentes que intentan contar la misma historia: “Muchos científicos empiezan a sonar como místicos a medida que avanzan en sus conocimientos porque llegan hasta el límite de su ciencia”.
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